Nada en esta vida sucede de manera casual.   No es que crea en el destino, detesto sentirme predestinada  pero, y es inevitable constatarlo, nada es fortuito.  Para que suceda un segundo hecho es imprescindible que acontezca uno primero y así sucesivamente. Nada es espontáneo, todo es causal, incluso en el camino del corazón.


En nuestras manos, en nuestra capacidad para relativizar las cosas, está la posibilidad de comprenderlo y aceptarlo e, incluso, alegrarnos de que haya sucedido un “primer” suceso, aparentemente triste y desgraciado y doloroso pero que nos ha llevado hasta el “segundo” acto.

El por qué equivocándonos de recorrido o dejando de asistir a algo previsto hemos cambiado el rumbo de nuestras vidas no tiene otra explicación que esta.  La vida siempre está esperando algo de nosotros y en saber responder con generosidad a esa petición radica el encontrar la imprescindible serenidad.

Yo he tenido el gran honor de que una gata llamada Gorda compartiera conmigo trece de sus enriquecedores años.  Hemos tenido una relación tan intensa y de momentos tan variados y difíciles que, a pesar de haberse marchado, sigue conmigo. Y no solamente

sigue conmigo en el recuerdo y en la emoción, sino que sigue conmigo en todos y cada uno de los animales que se han salvado gracias a su pérdida. 

Cuando la Gorda desapareció por última vez, en Octubre del año 2003, durante los dos primeros días no me asusté. Ella era una gata libre, con todo el significado que alberga dicho término para un gato, y a tal libertad tuve que acostumbrarme. Durante los primeros años que compartió conmigo, cuando desaparecía durante unos días, yo la buscaba desesperadamente. Si ella lo consideraba oportuno, y siempre burlándose de mi desesperación, aparecía con su andar cansino y su barriguita siempre gorda (de ahí su nombre) desde un tejado vecino, un jardín ajeno o, simplemente, sentada en la entrada de casa. Ella me miraba sin comprender mis gritos, obviamente eran para ella una demostración de falta de confianza. Ya se lo recordaría yo cuando, los días de lluvia y de tormenta, ella me lloraba desde el patio con aflicción. Yo le abría la puerta de casa pero ella se negaba a entrar a pesar de mis súplicas. Era yo quien tenía que salir al patio para, bajo un paraguas cobijadas y heladas ambas, esperar a que los truenos cesasen. Entonces yo regresaba a mi casa y ella se iba a jugar con sus hijas a su guarida.

Pero esta vez no regresó ni al segundo, ni al tercer, ni al cuarto día y por buscarla, por agotar todas las desafortunadas posibilidades, regresé, tras un año de ausencia, a la perrera de Cantoblanco, oficialmente llamada Centro de Control de Zoonosis del Ayuntamiento de Madrid. Según una reciente amiga y periodista, la Gorda se fue como llegó a mi vida, de repente y sin alharacas, discretamente, haciendo honor a los gestos gatunos. Yo creo que se marchó en silencio para que yo no pudiera retenerla, para que yo regresase a la perrera.


Mi Gorda no estaba en la perrera, pero aquel primer día, primero de muchos otros quevinieron detrás, nos volvimos mi amiga Noelia y yo sin mi gata pero con Lucky y con Merlín y su hermano. Merlín y su hermano, y muchos otros que no pude salvar, ya no viven, pero viven Lucky, Musi, Tina, Lupe, Rocky, Whiskie, Perrilla, Amoroso, Gustavo, Alex, La Mugre Susana, Sacha, Leonor, Negro Fernández, Valentina y Valentino, Makesta, Romeo y Julieta, Uno, Dos y Tres, Esperanza y sus hijos, Hada, Madrina, Estrellita de Paz, Libre, Luisa y sus bebés, los Tres Mosqueteros, Fresita, Fresón, Tica y sus Bebés, Rusta, Nuri, Joaquín, Dark Vader, Casimiro, Yosi, Paty, Electra, la Rubia y sus bebés Zíngara y Zíngaro, Lola, Mikelino, Morito, Paty, Victor, Ramón, Satsa... y muchos más.


Cada uno de ellos me lo dice bajito al oído y con timidez cuando salimos de allí, y cuando se ponen a corearlo entre todos no veáis lo que me animan el alma. Se juntan, se ponen las patas unos encima de otros para que yo les vea mejor, se atusan los bigotes y el rabo, me hacen guiños de complicidad desde donde estén o me enseñan su nuevo hogar desde alguna foto coqueta, pero todos, todos, coinciden a la par y en un solo grito: 
¡¡ GRACIAS GORDA.!!

Teresa Nim


 

 

 

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