El hombre ha perseguido desde siempre ese sueño, encontrar el elixir de la eterna juventud y, sin saberlo, le ha dado ese secreto poder al perro.


La clave está en los miles de años de domesticación, de crianza selectiva bajo la mano del hombre.
El antepasado del perro debió ser un animal muy similar al lobo, con pautas de conducta rituales rigurosas; la vida en manada se  regía por una estricta jerarquía que garantizaba la supervivencia del clan. Estos animales, obligados por la selección natural a demostrar su valía como líderes y cazadores, presentaban un grado de dominancia muy alto y una agresividad mucho más patente que la de sus actuales descendientes domésticos.

Al unirse con el hombre, el perro dejó de regirse por la dura selección natural y empezó a sufrir un proceso de cría supeditado a los deseos del hombre: los ejemplares menos aptos para la vida con el hombre eran eliminados y se reproducían aquellos que presentaban cualidades más marcadas para desarrollar una tarea dada.

Poco a poco se fue modificando tanto el aspecto externo de nuestros actuales canes como su comportamiento. Los cazadores llevaban consigo y cuidaban animales especialmente aptos para la caza y lo bastante sumisos para dejarse luego arrebatar la presa. Otros grupos humanos valoraron más la necesidad de que los perros les sirvieran en sus desplazamientos, nacieron así los antiquísimos perros de trineo... Así, sin quererlo, el hombre fue dando origen a las razas actuales, eligiendo a los mejores en una tarea y descartando al resto.


Al contrario que en la naturaleza, las dotes de dominancia de un ejemplar no solo no eran buscadas, sino que eran un inconveniente a erradicar. Este proceso no fue, probablemente, voluntario, ya que nada sabrían de leyes de genética nuestros antepasados, simplemente se seguía el criterio de que los animales demasiado tímidos, o agresivos, eran eliminados o separados del resto, impidiéndoles así reproducirse y por lo tanto transmitir sus caracteres.


Involuntariamente el hombre seleccionó una característica en sus perros que les daría la llave para llegar a convertirse en algo más que un animal de utilidad, algo que les ha abierto un hueco en nuestros hogares y en nuestros corazones.

LA NEOTENIA

Esta palabra, que para muchos es desconocida, no es más que el nombre que se le da a una característica de todos los perros domésticos: su eterna inmadurez. Unas razas la presentan más acusada que otras, pero todos los animales hacen gala en mayor o menor medida de unos comportamientos a lo largo de toda su vida, que sus parientes salvajes sólo demuestran durante la infancia.

Nuestros perros, dijo alguien una vez, son siempre cachorros de lobo, indicando con ello que nunca llegan a madurar en el modo en el que lo hacen sus parientes salvajes.
Esta característica les confiere la capacidad, no solo de mantener un grado de dependencia de su familia mayor durante toda su vida, sino la de permitirles adaptarse a los cambios con relativa facilidad.

Si nos trajésemos un lobo a vivir a la ciudad, no acabaría nunca de adaptarse, hay demasiados estímulos desconocidos que para él serían amenazas. En el medio natural la desconfianza es la única manera de sobrevivir. Si cada vez que vieran algo nuevo fueran a curiosear morirían a manos del primer depredador con el que se cruzasen. El perro, sin embargo, ha tenido que aprender a superar esos temores instintivos, se ha vuelto adaptable, abierto a las nuevas experiencias, es una especie casi tan adaptable como el hombre, vive a lo largo de todo el mundo, ha modificado tanto su aspecto como su comportamiento para adaptarse a infinidad de formas de vida: el perro doméstico es un camaleón, un superviviente nato.


Pensemos en el comportamiento del perro por un momento como en un gráfico circular, donde su respuesta a un estímulo se basa (simplificando mucho) en dos factores: el instinto y el comportamiento aprendido o experiencia. Imaginemos, por poner un ejemplo, que sobre las respuestas del lobo actúe en un 75% el instinto, esto le daría sólo un 25% de variabilidad a su respuesta en función del aprendizaje.
En el lobo la mayor parte de sus comportamientos estarían supeditados al instinto, al comportamiento innato, puesto que en la naturaleza las respuestas equivocadas pueden llevar frecuentemente a la muerte y necesitan venir “programados de fábrica” para sobrevivir.

El perro, sin embargo, con una vida mucho menos peligrosa en lo que a la supervivencia se refiere, necesita  una gran capacidad de aprendizaje para adaptarse a la vida con el hombre y a las tareas que éste le encomienda. Al verlo todo totalizado, como en el gráfico, nos damos cuenta de que una capacidad de aprendizaje mayor sólo puede ir acompañada de un comportamiento menos instintivo y, por lo tanto, menos rígido.

 

El resultado de todo esto no es otro que un animal confiado, dependiente del hombre en todos los sentidos y que mantiene su capacidad de aprendizaje activa a lo largo de toda su vida. Hay un refrán que dice que a perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos, no hay nada menos cierto. No importa la edad que tenga el perro cuando lo traigas a casa, se adaptará a su nuevo hogar con facilidad y aprenderá tus normas y costumbres en poco tiempo.


No sólo en el tema de convivencia y educación básica, sino también en cuestión de adiestramiento puedes obtener excelentes resultados con un perro de cualquier edad, lo importante será la motivación y el tesón que emplees, no los años de tu alumno.

 

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