ALGO NOS UNE

El hombre siempre ha buscado la compañía de los animales. Cuando hablamos del perro solemos buscar el origen de esta alianza en el ancestral servicio que realizaba como cazador, protector, pastor etc, y sólo nos remitimos a su función como animal de compañía en la época moderna, achacando esto a la modernización, a la desnaturalización de las ciudades, a la falta de humanidad que rodea nuestras vidas, pero entonces ¿cómo explicamos la presencia del gato en nuestros hogares? Considerado como un Dios en el antiguo Egipto, nos ha acompañado desde tiempos inmemoriales sin que podamos atribuirle ni una sola función práctica que no hubieran podido desarrollar otras especies.


Sólo existe una explicación, y es que, tanto el perro, como el gato tienen en nuestras vidas una función que va mucho más allá de su utilidad práctica. Hay algo que nos une a ellos, quizás es la fascinación por lo que queda en ellos de salvaje, de puro, algo que ha olvidado ya el hombre.

NO SON NIÑOS

Sea como fuere, lo cierto es que hace años era muy extraño ver perros que vivieran dentro de las casas, con sus dueños, y mucho menos que se les diera el trato familiar al que estamos acostumbrados hoy en día. Entonces la preocupación por ellos se solía limitar a que no enfermaran y la educación era la mínima para que el animal desarrollase la función para la que se le hubiera adquirido. El perro con un comportamiento molesto era sacrificado en lugar de reeducado y los problemas de conducta que no resultaban molestos para el hombre eran simplemente ignorados.


Hemos convertido al perro y al gato en nuestra mascota, en un miembro más de la familia, pero en muchos casos el propietario actual sigue sin intentar comprenderle, pensamos que ellos deben adaptarse a nuestra forma de vida. Ahora en lugar de ignorarle le humanizamos, pero el resultado es el mismo en muchos casos: la falta de unos conocimientos mínimos acaba en problemas de conducta que acaba pagando siempre él.

 

COMPRENDE SU NATURALEZA

El perro es un cánido doméstico, que comparte muchas de las características de sus parientes salvajes, pero en los siglos de evolución al lado del hombre ha modificado tanto su aspecto externo como su comportamiento, por lo tanto ya no podemos remitirnos al lobo para explicar cualquier comportamiento del perro.


La domesticación de cualquier especie suele implicar la eliminación de los rasgos que lo hacen incómodo para su convivencia con el hombre. El perro doméstico es mucho más dócil y confiado que sus parientes salvajes, permanecen características juveniles durante
toda la vida del animal, siendo más dependiente de su familia y menos dominante en general que el lobo y , sobretodo, es sumamente adaptable.

A pesar de todo esto no dejan de ser animales, carentes de la capacidad racional que tiene el ser humano, para conseguir educarlos tenemos que hacer un esfuerzo por

 

conocerlos, sus formas de vida naturales, sus necesidades sociales, en definitiva aprender a cuidarles sin convertirles en objetos a los que querer. Muchas veces no estamos dispuestos a entenderles, simplemente les exigimos que se comporten “como deben” de acuerdo con nuestros principios, ignorando que muchas veces éstos van en contra de sus esquemas naturales.


Un error muy común, por ejemplo, es ignorar la naturaleza jerárquica del perro. Al tratarle como un igual, movidos por nuestro cariño hacia él, estamos potenciando reacciones de dominancia. Imaginamos que el subordinarle a nosotros le causará un sentimiento frustrante como ocurriría con un ser humano, sin saber que para ellos es algo totalmente natural y que no mermará para nada nuestro afecto mutuo.


Durante esta serie de artículos intentaremos sacar a la luz esa “naturaleza salvaje” que siguen teniendo nuestras mascotas, no para cambiarla, puesto que no se trata de algo malo o indeseable, sino para comprenderla y aprender a convivir con ellos de una forma que sea más natural para todos.

 

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