A lo largo de mi vida me voy dando cuenta de mis errores. Los prejuicios nos limitan, nos impiden disfrutar plenamente del mundo.
Os voy a contar la historia de cómo mi perro me enseñó una lección importante: Yo tenía una perra, la adopte con tan solo 21 días, una bolita de pelo que terminó por convertirse en un hermoso animal de más de 30 kilos. Cuando ella tenía unos cinco años, un mestizo de labrador, de edad indeterminada, decidió unirse a nuestra familia, fue una decisión unilateral, simplemente, se vino a casa. Buscamos a sus dueños, pero se conoce que a ellos se les olvidó buscarle a él.
Yo por entonces creía que mi perra era así de maravillosa porque la habíamos criado desde bebé, que los perros adultos  no se adaptaban a una nueva educación con facilidad, creía, en resumidas cuentas, tantas y tantas tonterías que nos dicen y que nos queremos creer porque es más cómodo así.
Pablo (mi perro) nos dio una lección. Me enseñó que la edad no es una barrera. Al mes de estar en casa todo el mundo se sorprendía cuando le decia que nos lo habíamos encontrado (o que el nos encontró a nosotros), obedecía, caminaba suelto al lado de mi perra, cruzaba las calles solo cuando le decías, en resumen, era uno más de la familia. Tanto fue así que al final se ha quedado con nosotros. Hace ya cinco años de aquello, mi pequeña ya no esta y él tiene el hocico blanqueado por el tiempo, pero nadie puede decir que no es mi perro tanto como lo fue ella.

No lamento no haberlo criado yo, de hecho fue una suerte, llego en un momento de mi vida en el que no hubiera podido hacerme cargo de un cachorro, de las cinco salidas al día, de las comidas a todas horas, de los destrozos, de los pises en la alfombra...no, no lo echo  de menos.

Gracias a él sé que tener un perro puede ser más cómodo, puedo saltarme esa etapa que es para vivirla una vez en la vida, pero no más.

Nunca se puede decir de esta agua no beberé, pero mi intención es no volver a tener un cachorro. Mi “nueva” perra ha legado a casa con ocho años. Ella necesitaba un hogar, y a mi me sobraba un hueco en el sofá. Ella también es ya una más, es mía, no me importa su pasado porque tenemos mucho futuro por delante. Cuando nos miramos a los ojos nos comprendemos, existe ese entendimiento tácito que le dan al perro los años, ese “hablar sin palabras” que solo aprenden a base de cariño y de experiencia.

Existen cientos de animales condenados a morir en soledad porque ya no son cachorros. Ellos que tienen tanto amor aún por dar, abandonados, traicionados por sus dueños cuando más los necesitaban. Pasamos ante sus jaulas apartando la mirada de sus ojos “No, es demasiado mayor”: habla el egoísmo y no la razón y el perro se consume porque no lo entiende, porque para él no existe el egoísmo, porque él no se fija en nuestra edad, se conforma con tenernos a su lado los años que le queden por vivir.
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